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Abanibi AboneIVIA (II)

El edificio donde estuve “trabajando” apenas tiene 3 añetes de vida. Todo un dechado de nuevo diseño, lo que viene a ser lo mismo que muchas cosas son una mierda. Como que los vidrios de las ventanas se oscurecen a partir de cierta intensidad lumínica. Lo que implica que en una tierra como Valencia donde el sol pega el 95% del año, % arriba, % abajo, están casi siempre oscurecidos. Entonces tienes que encender las luces, con lo que el gasto energético se dispara. O sea, que lo que pretendía ser un dechado de inteligencia por parte del arquitecto, dándoselas de moderno y ecologista que te rilas, ha resultado ser un pufo del quince, y encima seguro que el tipo ese estará tan contento.

Y si además sumas que en los despachos de la 2ª planta TODA una pared es un ventanal, por mucho vidrio de Tudela o de dónde sea, el sol pega. Así que la mayoría del Chachi-vidrio lo tienen cubierto con posters y publicaciones. Ahí está la inventiva española. A grandes ideas-cagadas, soluciones de estar por casa.

Otra solución hubiera sido ponerle persianas venecianas de toda la vida. De esas que se no tienes ni idea de cómo narices se engancha el seguro. Y estás como 5 minutos haciendo pilates con la cuerdecita de marras. Hasta que alguien viene y te dice: ” es cogerle el truco, nada más”. Pues tio, suéltalo para que los demás también lo disfrutemos, no?

La seguridad me sorprendió también. Lo primero es una verja de rejas y un cubículo para el guarda en la entrada del recinto. Luego cada edifico, sobre todo éste tan moderno, dispone de un lector de tarjetas para abrir las puertas de chachi-vidrio. Teniendo en cuenta que si te pasas por mi centro a la hora del desayuno con una furgo, te puedes llevar hasta el conserje, eso parecía alcatraz. Menos mal que todo se quedó en agua de borrajas. La ultraverja estaba siempre abierta, y el guarda estaría permanentemente de ronda porque no lo vi ni un solo día. En cuanto a la puerta de chachi-vidrio, como no tenía tarjeta, me enseñaron un truquito muy simple para que se abriera, una movimiento rápido con la mano en la parte de abajo. Y me parece a mi que el que descubrió el truquito debe ser familia del que inventó la persiana veneciana-pilates. Porque era cogerle el truco, nada más. Y por supuesto cada vez que yo llegaba a las 8:15 de la mañana, el truco ya lo había cogido otro. Y ya me ves, allí en la puerta esperando a las 8:30 a que llegara el bus con toda la peña para que me abrieran. O si por un casual salía alguien para colarme. Y ya os podeis imaginar a la hora de la comida, la misma situación, pero con el agravante de que se te derretían las suelas de los zapatos. Y el tio del truco sin venir a dejarlo…

Otra cosa que me llamó la atención fue la hora del desayuno. Andaba yo ya con el nivel de glucosa por los suelos, y comenté que si allí hacían un descanso para desayunar. Me miraron como si fuera de otra galaxia. “Pero tú no desayunas antes de venir”. Pues mire usted, no. Tengo la mala costumbre de desayunar una sola vez y en el descanso del desayuno. Qué le voy a hacer, soy un tipo raro. Allí, por lo visto no descansan para desayunar, sino para almorzar. En lugar de ir sobre las 10:30 a echarte un café con media de aceite (desayuno típico del sur de España), se enchufan un bocata y un quinto entre pecho y espalda. Que para cafés ya están las 8 de la mañana. Y a mi, por mucho que me guste comer, eso de meterme un bocata de calamares tan temprano me supera.

El tipo de la cafetería te hacía bocatas de casi todo: espinacas con queso fresco, queso con morcilla, revuelto de atún y pimientos con aceitunas, puntillitas, tortilla de patatas, etc. Y normalmente una cocacola o un quinto de cerveza. Yo continué con mi cortado en taza grande y una catalana. Lo que no quitó que un día me pasé al lado oscuro y me enchufé uno de puntillitas. Estuve repitiendo puntillitas todo el día, malditea sea la hora en que me lo comí. Niños, no lo hagais en casa, en Valencia son especialistas. Seguid con el colacao y la media blanca.

Muchos se llevaban de casa el bocata y allí se pedían algo para beber, incluso un café. Y mi departamento se solía reunir en una sala a almorzar. Tenían de todo, cafetera, fruta, agua fresquita, mesa, sillas. Buah! Todo última tecnología. Y chachi-vidrios también. Pero en este caso la sala daba a una puerta enorme. En esa sala se guardaba la furgo, y la luz entraba bastante más. Pero el encender las luces era invitable. El personal fue muy agradable conmigo, y son gente muy simpática. Entre bocado y bocado de bocata jamón nos echábamos unas buenas conversaciones.

Para comer, la cafetería, donde su idea de aceite era poco más que algo de color verdoso aguado. Me avisaron tarde. Pillé una ensalada de primero, la aliñe con aquel mejunge, y vaya hormigonera que tuve todo el día por estómago. Tuve que recurrir al Almax, ese gran amigo de a los que nos gusta comer bien. Por lo demás, la mayoría de los dias paella y carne empanada. Vamos, lo normal en un comedor.

Bueno, ahora me voy a meter en la cama, que mañana será otro día y verá el ciego los espárragos. No os preocupeis que seguiré contando cositas.

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